AGERMANADOS Y COMUNEROS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

24.03.2024 13:27

               

                Las Germanías marcaron con intensidad la Historia de la Valencia del siglo XVI, al igual que las Comunidades la de la Castilla coetánea. A pesar de su coincidencia en el tiempo, no formaron un frente común. Derrotados y denostados durante mucho tiempo ambos movimientos, la historiografía reciente ha estudiado sus coincidencias y diferencias en punto a sus caracteres urbanos, aspectos sociales e ideas de orden constitucional, representación política y noción de la libertad comunal. Algunos autores han defendido el carácter más político de las Comunidades frente al más social de las Germanías, algo no corroborado por todos.

                En verdad, el planteamiento del tema no es nuevo. Mosén Pedro Bellot ya lo formuló en sus Anales de Orihuela (1622):

                “La guerra más que civil que movieron los plebeyos contra los nobles comenzó el año 1520. Que fue fatal para muchas naciones en las cuales hubo semejantes revueltas y duró casi cuatro años”.

                Una protesta social más general alcanzó entonces a Orihuela. Los agermanados de Valencia, amparándose en su carta a la autoridad real del 25 de noviembre de 1519, consiguieron la adhesión de otras localidades. Játiva y Murviedro establecieron sus juntas de los Trece, que no juzgarían ni por fueros ni interpretación, sino por razón natural. En Orihuela, Pedro Palomares promovió en marzo de 1520 el movimiento e impulsó el empadronamiento de sus gentes. Ya en 1507 había intentado ser síndico. Con el triunfo de la causa agermanada allí, los caballeros marcharon a Albatera y con el gobernador don Pedro Maza.

                Mientras tanto, en el vecino reino de Murcia cundió la protesta como en otros rincones de Castilla. El 17 de mayo de 1520 se formó una asamblea armada en la plaza de Santa Eulalia de Murcia, de la que se expulsaron regidores, jurados y algunos caballeros e hidalgos el 10 de agosto. El 20 de junio los comuneros se alzaron en Lorca, y el 4 de agosto se expulsó a autoridades y caballeros de Cartagena. El movimiento alcanzó también la señorial Villena, aunque otra fue la versión ofrecida por sus grupos rectores en la Relación topográfica mandada a Felipe II a finales de 1575:

                “En los años de mil quinientos veintiuno, al tiempo de las germanías y comunidades, en esta ciudad no las hubo, y si algunos inducían a que las hubiera fueron desbaratadas y deshechas sus malas voluntades, y así mismo los vecinos de esta ciudad y gente noble de ella procuraron que en los pueblos comarcanos no hubiese comunidades, y en esta ciudad recibían y acogían a muchos caballeros, otras gentes que eran católicos y que venían del reino de Valencia con sus mujeres e hijos por temor de los comuneros, y especialmente el día que el capitán don Diego (Hurtado) de Mendoza virrey de Valencia dio batalla a la gente de la comunidad junto a Gandía.”

                Queda claro el carácter social del movimiento, así como la identificación ante el rey de agermanados con comuneros, puntos en los que también incidió posteriormente Pedro Bellot para Orihuela:

                “Y de esta manera quedaron los plebeyos tan señores de la ciudad que el día que hicieron alarde para la extracción de jurados se armaron los principales y más sediciosos comuneros  y embistieron con todos los criados de caballeros y ciudadanos que traían las armas y caballos como es costumbre”. Se volvió a mencionar a Pedro Palomares, “al cual habían nombrado los comuneros por su capitán general en el distrito de Orihuela”.

                “Los comuneros de Valencia no contentos con haber atraído (o por mejor decir) engañado la mayor parte de las villas y ciudades del reino, enviaron también sus síndicos a los reinos confinantes, de los cuales Aragón y Cataluña no se declararon por las diligencias de los oficiales reales y caballeros, aunque en ellos hubo muchos plebeyos de la opinión de los valencianos. Pero en Mallorca prendió tanto el fuego como en Valencia, pues hubo batallas campales y expugnaciones y sacos de algunas torres. Y en Murcia por la buena diligencia de un trece que enviaron los comuneros por su embajador, hicieron también sus síndicos, los cuales luego entendieron en echar de la ciudad a los regidores y jurados, que también se acogieron al sagrado de Albatera, no teniéndose por seguros en aquel reino ni en La Mancha.”

                La admiración agermanada por los comuneros la recogió en 1564 el cronista Rafael Martí de Viciana en este singular texto:

                “Había en la ciudad tres hombres que tenían tres cuartagos y cuando querían publicar alguna cosa por fama, cabalgaban en sus cuartagos y andaban por la ciudad muy negociados y muy apresurados por las calles, de manera que eran ya tan conocidos por aquel efecto que luego les preguntaban: ¿Qué hay de nuevo? Y los dichos hombres proponían lo que les parecía.

                “Y así que siendo Juan de Padilla principal comunero de la Junta que se hizo en Castilla, desbaratado y preso por los del rey, estos tres que dijimos hicieron imprimir una carta con unas letras gruesas de colorado en que decían que el dicho Juan de Padilla y sus secuaces habían destrozado a los gobernadores de Castilla y roto su ejército y otras liviandades mentirosas a su propósito. Ya andando por la ciudad, según tenían de costumbre, iban mostrando y en algunas partes daban copia de dicha carta impresa.

                “Y después que ellos hubieron publicado la falsa fama, vinieron a la plaza de San Bartolomé, y a la puerta de una casa pusieron sillas y ramos de árboles y regaron la portada donde tenían vino y agua fría, y en una ventana pusieron la carta colorada con dos alabardas acompañada. Y cuando algún hombre pasaba ante aquella casa, los maestros e inventores de la fama llamaban al hombre y preguntándole decían: ¿Juan de Padilla es vivo o muerto? Y si el hombre decía que vivía, mandábanle dar a beber diciéndole: Razón es que bebáis porque sois hombre de bien y decís la verdad de lo que pasa y sois nuestro amigo. Y si el hombre decía que Juan de Padilla era muerto, decíanle: Por cierto, no beberéis vos, pues no dijiste verdad, anda, pasa de largo que sois mascarado y magances. Y burlaban de él haciendo muchos escarnios y dábanle grita y voces, de manera que el pobretón quedaba sin beber y corrido.”

                Sin embargo, el mismo Bellot apuntó las diferencias entre agermanados y comuneros en clave social y política:

                “En Castilla movieron también comunidad por diferente causa y con otro fin, entrando en ella grandes caballeros y las mejores ciudades, que pensaban con ausencia del rey hacerse repúblicas, abominando todos el gobierno flamenco. Y hubo caballero de tan altos pensamientos que aspiraba a hacerse rey de Castilla, que fue Juan de Padilla.”

                Tales diferencias no evitaron la colaboración puntual, harto molesta y peligrosa para las autoridades reales. Según el mismo Bellot, el virrey de Valencia mostró su desconfianza en la batalla de Gandía  (25 de julio de 1521) hacia las fuerzas de infantería de La Mancha, pues “los tenía por manchados y que se entendían con los comuneros”. Aquellas fuerzas se pasaron a los agermanados. Asimismo, en la batalla de Orihuela (30 de agosto de 1521) los agermanados contaron en sus filas con comuneros de Murcia, que formaron parte del escuadrón de los alicantinos e ilicitanos. Sin embargo, no agradó a los comuneros de Requena que los Trece de Valencia tomaran pertrechos militares en tierras castellanas en el invierno de 1521, pues estaban más preocupados por lo que sucedía en su villa y términos que interesados en emprender acciones militares en el exterior.

                Un caso peculiar nos lo brinda don Pedro Fajardo y Chacón, el primer marqués de Los Vélez, que ostentó el adelantamiento del reino de Murcia. En 1520 secundó las Comunidades “mientras el ladrón monsiú de Chevres haya parte o entienda en la gobernación”. Bellot mencionó otras razones de su toma de partido:

“Algunos osan decir que el marqués de los Vélez era tan comunero como los demás caballeros castellanos que lo fueron, y que pensaba a río revuelto alzarse con el reino de Murcia, donde él era tan poderoso, y que se entendía con los comuneros de este reino y con los que hubo en el reino de Murcia.”

                Pasado al campo realista, él y sus gentes se distinguieron el 30 de agosto de 1521 en el saqueo de Orihuela, en rivalidad con Murcia por cuestiones como la del obispado. Sus servidores de Murcia, Lorca y Cartagena se distribuyeron el saqueo de las tres parroquias de Orihuela, llevándose el marqués piezas de artillería, el pendón de la ciudad y banderas de las capellanías de caballeros a modo de trofeos.

                Una vez sometida la gobernación de Orihuela, el marqués condujo sus fuerzas hasta Requena por Villena, Alcalá del Júcar y Villamalea para evitar la Játiva agermanada. Su objetivo era atacar Valencia por la ruta de Buñol al mando de 4.500 infantes, diez cañones de buen calibre o tiros gruesos, una culebrina, un serpentín para batería y 500 carros de municiones. Se le unieron los 1.500 infantes del marqués de Moya y los 500 del alcaide de Chinchilla Gabriel de Guzmán. El ejército llegó a Requena en septiembre de 1521 y no se comportaron de forma amistosa con sus vecinos. Les tomaron con violencia 4.000 fanegas de trigo y 1.000 de cebada, lo que dejó exhausto el pósito en un momento crítico, hasta tal extremo que en noviembre de 1521 Carlos V amenazó a los municipios conquenses para que permitieran la venta de grano a los requenenses. Las viñas también sufrieron los apetitos de la soldadesca.

                Otros antiguos comuneros se unieron a las filas reales para hacerse de perdonar. En el asedio de la Játiva agermanada (de diciembre de 1521 a diciembre de 1522) tomaron parte infantes y jinetes de la villa de Iniesta, que se había decantado anteriormente por la causa comunera. Con unos mil vecinos, de los que cuarenta gozaban de condición hidalga, prestó oídos al comunero obispo de Zamora. Gentes de modesta condición y excluidas de los oficios municipales pusieron en pie la Comunidad local, con sus capitanes, alcaldes y alguaciles, y participaron en las luchas del marquesado de Moya.

                Las relaciones entre agermanados y comuneros fueron complejas, propias de una monarquía hispana compuesta por distintos reinos. En el fondo, ambos movimientos anhelaron una situación social y política más justa. Si en el reino de Valencia se pretendió un gobierno urbano más equitativo, en el de Castilla tampoco se pretendió menos. El marqués de Villena denunció que los comuneros querían convertir Toledo en una suerte de Génova, y el Almirante Enríquez apuntó a su deseo de establecer comunidades al estilo de Venecia. Al final, se impuso la autoridad real de la mano de la alta nobleza y de las oligarquías urbanas.