ELÍO: GOBERNAR DE ESPALDAS A LA REALIDAD VALENCIANA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

23.07.2023 13:07

               Tensiones sociales y desconfianza absolutista hacia los valencianos.

                Al concluir la guerra contra Napoleón, las tensiones sociales y políticas estaban muy lejos de amainar. Antes de 1808, el antiguo reino de Valencia había sido desprovisto de sus leyes o fueros propios y gobernado por la autoridad militar, la del capitán general, con la colaboración de la real audiencia. Sus municipios también fueron desprovistos de sus antiguas formas de gobierno, imponiéndose la autoridad de los corregidores (al modo castellano) y consistorios de regidores perpetuos. Las reformas municipales de Carlos III, tras los motines de 1766, apenas modificaron tal esquema, que no sería puesto en cuestión hasta la guerra contra los napoleónicos.

                La insurrección contra los dictados de Napoleón condujo a la formación de juntas con amplios poderes, que desplazaron en gran medida a las antiguas autoridades. La acción de las guerrillas ofreció a más de uno la alternativa de luchar sin entrar en las filas del ejército regular. Los decretos emanados de las Cortes reunidas en Cádiz abolieron los derechos jurisdiccionales y dieron alas a las reivindicaciones de varias localidades valencianas. Ante tales reclamaciones, más de un señor apoyó la ocupación napoleónica. Además, la Constitución aprobada en 1812 apostaba por la superioridad del régimen civil sobre el militar y por el autogobierno local.

                Al igual que en otras tierras españolas, el consenso social brillaba por su ausencia en las valencianas, tildadas por los absolutistas de ser en exceso proclives al llamado partido republicano, que es como se conocía a los grupos liberales partidarios de limitar el poder del rey en nombre de la soberanía nacional, acusados asimismo de querer llevar a cabo la obra de los revolucionarios franceses que ejecutaron a Luis XVI. Ya en el siglo XVIII, las autoridades borbónicas tacharon a los valencianos de gentes insumisas, inconstantes y desleales por el apoyo que tuvo Carlos de Austria en parte del reino de Valencia durante la guerra de Sucesión. Las actitudes absolutistas, de superioridad del poder militar sobre el civil y de viva desconfianza hacia muchos valencianos fueron asumidas por Francisco Javier de Elío, que se hizo cargo de la gobernación y de la capitanía general de los reinos de Valencia y Murcia en 1814.

              Un militar de la vieja escuela.

                La guerra contra Napoleón comportó grandes cambios en las fuerzas armadas españolas. Parte de sus oficiales fueron ganados para el liberalismo, incluyendo a  algunos de extracción hidalga. No fue el caso de Elío.  Antes que Fernando VII alcanzara Segorbe el 15 de abril de 1814, se había entrevistado con él en Jaquesa, en la frontera con Aragón, para hacerle ver que contaba con el apoyo de sus fuerzas militares para restablecer el absolutismo. Su actuación fue determinante para que se promulgara desde Valencia el 4 de mayo el decreto que declaraba nula la Constitución. Los 40.000 soldados de sus falanges del segundo ejército posibilitaron el golpe y la marcha de Fernando hacia Madrid. 

                Elío respondía a las formas y actitudes de gobierno militaristas de la España borbónica del XVIII. Hijo del gobernador de Navarra, vino al mundo en la Pamplona de 1767. Era un veterano de las campañas de tiempos de Carlos III y de su hijo Carlos IV desde 1783: acciones de Orán y Ceuta, del Rosellón y de Navarra contra los revolucionarios franceses, y guerra de Portugal de 1801, la de las Naranjas.

                Su experiencia en tierras americanas sería determinante en la afirmación de sus ideas y actitudes. Partiría hacia allí desde Lisboa como coronel en 1805, cuando los británicos habían atacado Buenos Aires. Aunque conquistaron fugazmente Montevideo, las fuerzas británicas fueron vencidas en 1807. Durante la guerra contra Napoleón, desconoció las órdenes de la regencia nombrándolo capitán general de Chile y se presentó en la Península. Pronto recibió la orden de embarcar hacia el agitado Río de la Plata desde Alicante en calidad de virrey. Llegó a Montevideo en enero de 1811. En pugna con la Junta de Buenos Aires, llegó a estar aislado en Montevideo hasta lograr unas condiciones más favorables.

                Retornado a la Península, sería general en jefe del segundo y del tercer ejército tras la primera batalla de Castalla (21 de julio de 1812). Su mando durante estos últimos tiempos de la guerra contra Napoleón estuvo marcado por los contrataques napoleónicos y por la dificultad de avituallar a sus tropas. Tales estrecheces le conducirían a actuar con la plena autoridad a la que como militar se consideraba autorizado, haciendo honor a su formación castrense y a su experiencia americana, identificándose con el absolutismo.

              El atropello de las autoridades civiles constitucionales.

                Elío no tuvo empacho en imponer contribuciones a los nuevos ayuntamientos constitucionales. Tal fue el caso del de Sueca. Ducado del caído en desgracia Godoy, su consistorio estaba en litigio sobre los derechos señoriales. Fue entonces cuando Elío se entrometió a comienzos de 1814: mandó a setecientos soldados para que cobraran 1.815.662 reales en dieciséis horas en concepto de atrasos, bajo amenaza de arrestar a todas las personas del ayuntamiento.

                Se puso el grito en el cielo por tal acción, contra una localidad que había combatido a los napoleónicos y encajado severas dificultades en los años de guerra. El 26 de febrero, la flamante diputación provincial de Valencia se sumó a la queja, acusando a Elío de improcedente y de saltarse la ley, al entrar por su cuenta y riesgo en un proceso judicial en curso. La sintonía con las nuevas instituciones constitucionales brillaba por su ausencia.

              Buenos amigos absolutistas.

                En su círculo valenciano de amistades, Elío tuvo la del abogado José Antonio Sombiela. Fue uno de los integrantes de la junta suprema de gobierno del reino de Valencia y diputado a las Cortes celebradas en Cádiz en 1810.

                Aunque fue uno de los firmantes de la Constitución de 1812, se alineó con los postulados absolutistas finalmente. Suscribió el llamado manifiesto de los Persas (12 de abril de 1814), contrario al liberalismo, y se convirtió tras la guerra en oidor y regente de la audiencia de Valencia. Cuando Elío fuera ejecutado en 1823, reivindicaría públicamente su figura en un Manifiesto.

                Además de figuras como Sombiela, Elío supo ganar la adhesión de empleados políticos y militares que no recibieron las gratificaciones y las consideraciones esperadas por sus servicios a la Monarquía en América o en otros puntos. Su experiencia colonial fue, por ende, más importante de lo que se ha venido reconociendo.

               Un primer susto.

                Cuando Elío parecía gozar de un halagüeño panorama, con el absolutismo restablecido, tuvo que hacer frente a un inesperado contratiempo.

                A 28 de junio de 1814 se recibió una orden para que la oficialidad lo prendiera. Debía ser conducido a la Ciudadela y ejecutado. Después debían reinstaurarse las autoridades constitucionales, y el conde de Cervellón debía sustituirlo al frente de la capitanía general.

                Los encargados de llevar a cabo la orden se negaron a hacerla efectiva, al no darle credibilidad. Hechos similares acaecieron en las capitanías de Barcelona y Sevilla. Todo quedó en un susto y en sospechas sobre su responsabilidad, pero el hecho amargó a Elío. Consideró manchada su honorabilidad, en línea con su mentalidad del Antiguo Régimen, y pidió ser trasladado a Cataluña. Se le mantuvo en el mando militar y político de una Valencia que aborrecía, en la creencia del inminente estallido de una guerra civil.

              El complicado mantenimiento del orden público absolutista.

                Con la colaboración de su secretario Cosme Teresa, Elío mantuvo una dura acción contra de gobierno contra el bandolerismo, fenómeno de hondas raíces en la Historia de las tierras valencianas, acrecentado con motivo de la guerra contra los napoleónicos. Las partidas de bandoleros, que a veces contaban con simpatías locales, se conducían de forma escurridiza frente a las contadas fuerzas del capitán general.

                La reconstrucción de la Ciudadela de Valencia, tras los desastres de la guerra, fue todo un símbolo de esta política de fuerza pública. Las torres de Quart fueron reacondicionadas como espacio carcelario. En mayo de 1816, promulgó un bando sobre licencia de armas y los pasaportes de circulación, especialmente de los militares, clamándose contra los “vagos, desertores y ladrones”, tipos sociales estereotipados que encubrían la terrible problemática social de la época, marcada por la falta de empleo y oportunidades.

                Se insistió en diciembre de aquel año sobre el particular en otro bando del mismo tono. Ahora se encarecía en que todo aquel que portara armas tras el anochecer sería detenido y ejecutado de oponer resistencia a la autoridad. Los delatores serían recompensados con mil reales. Deshacer las complicidades sociales de los bandoleros resultaba muy difícil. Tampoco acabar con la oposición liberal fue sencillo, precisamente, y pronto Elío se enfrentaría a una amenaza mayor que la de las partidas de bandoleros.

              Las conspiraciones liberales.

                El absolutismo de Fernando VII apenas hizo concesiones a los liberales. Dentro de la Europa de la Restauración fue una de las versiones más rigoristas de retorno al Antiguo Régimen. Sin embargo, sus anhelos de retornar al pasado se vieron gravemente trastocados por la ruina de la hacienda real, especialmente tras la guerra, y por las luchas de independencia hispanoamericanas.

                En Valencia, los problemas de la sedería, del comercio y la oposición al pago de los derechos señoriales fortalecieron las filas de la oposición entre los grupos medios y de negocios, a veces en contacto estrecho con militares liberales por afinidad ideológica o cercanía familiar.

                Elío, todo un símbolo de aquel absolutismo, pronto estuvo en el punto de mira, como ya hemos visto. A comienzos de 1817, se intentó asesinarlo en Valencia. Tomaron parte en el intento el negociante Manuel Bertrán de Lis y el fraile Nebot, entre otros. El conde de Almodóvar llegó a ser apresado.

                El fracaso de los conspiradores no hizo bajar la guardia, especialmente cuando la primavera de aquel año trajo problemas de abastecimiento de cereal en Valencia, que repercutieron en el suministro de plazas como Requena, entonces en las demarcaciones de Castilla la Nueva. En este turbio ambiente, la insurrección de Lacy en Cataluña en el mes de junio fue vista con suma preocupación desde la capitanía general de Valencia. Se ordenó ejecutar a catorce personas, como Rafael Armengol el Vidrier, cuyas cabezas fueron expuestas a las puertas del convento de la Trinidad.

                El año de 1818 trascurrió sin grandes novedades, pero en enero de 1819 los liberales volvieron a la carga en tierras valencianas. Se personó en la ciudad de Valencia, procedente de Castilla la Nueva, el coronel Joaquín Vidal, que estaba en conformidad con el segundo cabo de la capitanía general de Valencia José O´Donnell, para hacer un nuevo intento. Diego de Calatrava debía extender el movimiento por tierras del reino valenciano, con la colaboración del joven militar Félix Bertrán de Lis.

                Curiosamente, se proclamaría a Carlos María isidro, el hermano del rey que más tarde daría nombre al partido más absolutista, como monarca constitucional, Fernando VII sería expatriado a Gran Bretaña al grito de Libertad y Constitución. Militares y labradores nutrieron esta conspiración liberal.

                Desde Valencia partiría el movimiento que retornara el liberalismo a España, que daría comienzo con la detención del simbólico Elío la noche que acudiera al teatro. Por ello, se tomaron los billetes de los palcos contiguos al suyo. Sin embargo, la muerte de la reina Isabel de Braganza clausuró toda representación.

                Además, una delación, la del cabo del regimiento de la Reina Padilla, descubrió a los conspiradores. Vidal se batió con gallardía antes de ser detenido. A 22 de enero de 1819 fueron ejecutados trece hombres, fusilados por la espalda y luego colgados. “Muero contento, porque no faltará quien vengue mi muerte”, dijo Félix Beltrán de Lis. Sus palabras se tomaron como premonitorias, y en 1821 (en el Trienio Liberal) se conmemoró su muerte y la del resto de sus compañeros en una solemne ceremonia, que convirtió el Llano del Remedio de la ciudad de Valencia en el Campo de los Mártires.

               ¿Una obra del despotismo ilustrado?

                Junto a su acción represiva contra el liberalismo, Elío tomó decisiones de carácter social y económico. Su círculo ensalzó su preocupación por las casas de beneficencia de Alcoy, Sagunto y Valencia, así como por el colegio para huérfanas de militares en el San Pío V. También se preció de auxiliar a cuatrocientos labradores, cuyos caballos habían sido requisados, de desecar áreas pantanosas y de impulsar el regadío en pequeñas localidades.

                En la obra pública, como en los jardines del Real o en el paseo de la Aduana, empleó a presos y a ociosos, además de recurrir a las donaciones de personas como la duquesa de Gandía. Con el uso de la fuerza militar, impulsó la vacunación contra la varicela de los menores, bajo amenaza a los padres contrarios a la medida. Ante la amenaza de la fiebre amarilla en el Norte de África y en Andalucía, impuso cordones sanitarios.

                Sus formas han sido consideradas dictatoriales y su orientación propia del llamado despotismo ilustrado, impulsado en varias localidades de la Valencia del siglo XVIII por figuras militares muy afines a su genio y preferencias. Era un mundo que ya no formaba parte del horizonte de muchos.

               Detención, cautiverio y ejecución de un capitán general.

                El pronunciamiento del teniente coronel Riego en Cabezas de San Juan del 1 de enero de 1820 terminó triunfando en el mes de marzo, cuando el círculo de Fernando VII prefirió ceder ante los liberales, aparentemente. El 10 de marzo, el mismo rey dijo acatar la Constitución de Cádiz.

                Ese mismo día, los hechos se precipitaron en Valencia. Muy dependiente de las decisiones tomadas en Palacio, Elío recibió un correo para restablecer las autoridades constitucionales. Sin el apoyo del rey absoluto y con escasas simpatías, quiso resignar el mando, congraciándose un tanto con la oposición al liberar de las cárceles del Santo Oficio al conde de Almodóvar.

                El conde había sido nombrado capitán general por un movimiento popular, que también se agitó contra el aborrecido Elío. Se consideró que lo más prudente, para evitar incidentes, es que fuera conducido a la Ciudadela. Quería marchar a su Navarra natal, pero el nuevo ayuntamiento no lo consistió. Allí permanecería hasta que las Cortes autorizaran su traslado.

                El gobierno liberal distó de ser un remanso de paz. Los propios liberales se dividieron en Valencia entre los moderados de las cintas verdes y los radicales de las rojas, a la par que los absolutistas no cejaron en su empeño de recuperar el poder.

                La España liberal estaba en la diana de las potencias absolutistas del continente, y desde Palacio se promovía la conspiración. Los exclusivistas artilleros, cuerpo con acendradas ideas absolutistas, se movieron contra el régimen liberal. Del 30 al 31 de mayo de 1822 se sublevaron en la Ciudadela de Valencia, donde permanecía Elío. El movimiento fracasó finalmente ante una fuerza militar que recurrió al auxilio de los labradores de probidad.

                Algunos campesinos intentaron matar al mismo Elío, que en la causa que se le formó fue acusado por diversos testigos de dar órdenes a los sublevados. Finalmente, fue ejecutado un 4 de septiembre de 1822 en una Valencia que aborrecía y que le aborrecía. El gobernar de espaldas a la realidad lo pagó caro.

               Fuentes y bibliografía.

              Conclusión fiscal en la causa contra el general Elio, sobre las ocurrencias de 30 de mayo de 1822 en la Ciudadela de Valencia, Valencia, 1822.

               Representación de la villa de Sueca a S. M. las Cortes ordinarias, sobre las tropelías hechas a su Ayuntamiento Constitucional por don Francisco Xavier Elio, general en jefe del segundo exército, y don Juan Modenes, intendente de la provincia de Valencia, Valencia, 1814.

               Manuel Ardit, Revolución liberal y revuelta campesina, Barcelona, 1979.

               Vicente Boix, Historia de la ciudad y reino de Valencia, Tomo III, Valencia, 1845. Edición facsímil de 1978.

                Encarna y Carmen García Monerris, La nación secuestrada. Francisco Javier Elío: correspondencia y manifiesto, Valencia, 2009.

                Josep Fontana, La crisis del Antiguo Régimen, 1808-1833, Barcelona, 1979.

                José Antonio Sombiela, Manifiesto que escribió en un calabozo el general don Francisco Xavier Elío, con el objeto de vindicar su honor y persona, Valencia, 1823.

                Julián S. Valero, “1819. La conspiración de Vidal en Valencia”, Historia. Revista de estudiantes, Madrid, 1935, Año I, Número 2, pp. 75-82.