UN TIEMPO DE FURIA RELIGIOSA.

21.05.2017 11:14

                

                 Exaltación religiosa y problemas sociales.

                En la Baja Edad Media la inseguridad moral cabalgó junto a los jinetes del Apocalipsis. El Cisma de la Iglesia (1378-1418) fue una amarga experiencia y las ideas milenaristas se propagaron entre una población atemorizada por la enfermedad, el hambre y la guerra.

                En 1391 el arcediano de Écija desencadenó una temible oleada de violencia contra los judíos hispanos, que en el reino de Valencia hizo temer lo peor a las comunidades mudéjares. El paso del siglo XIV al XV no fue nada cómodo en tierras valencianas: peste en 1385, terremoto de 1396, mortalidades muy severas en 1401, sequía de 1402, desbordamientos de ríos en 1406 y plagas de langosta de 1407 a 1408. Más de uno hizo culpable de sus males a gentes de otro credo, por muy autorizadas que estuvieran por los reyes.

                 Los judíos en Alicante y los asaltos de 1391.

                La villa alicantina no atrajo por aquel entonces a un número suficiente de judíos como para formar una comunidad organizada, con sus autoridades, sus normas y deberes tributarios hacia la monarquía. En 1370 se les menciona junto a los musulmanes, pero la referencia parece muy protocolaria.

                Su modestísima importancia explicaría la ausencia de violencias consignadas en Alicante. En Orihuela, con mayor población judía, el miedo inclinaría a la conversión para salvar la vida, como en otros lugares. Hasta el 3 de agosto de 1392 Juan I de Aragón no encomendó a la justicia alicantina el castigo de los responsables de los asaltos de Valencia, ciudad de Mallorca, Barcelona y Gerona, que quizá buscaron en tierras como las nuestras la impunidad.

               Se trata de evitar la violencia contra los mudéjares.

                Los mudéjares alicantinos vivían por entonces unos momentos bajos. En el otoño de 1399 muchos partieron hacia Elda, Crevillente y Elche, con fuertes aljamas, y las promesas de exención tributaria de 1402 no los disuadieron.

                Las relaciones con Granada tampoco eran fáciles. En 1392 los mercaderes valencianos pidieron firmeza en las negociaciones con su emir Muhammad VI, que no se mostró dispuesto a ceder. A comienzos de 1393 se alertó de una posible guerra con los granadinos a los nobles catalanes.

                Los cristianos alicantinos y los mudéjares de Novelda (vasallos de la reina) chocaron por temas que fueron más allá de lo religioso, como el de la delimitación de terrenos. Juan I quiso frenar la posible escalada e impuso en 1394 una hermandad entre los municipios cristianos y las aljamas de la gobernación de Orihuela. Éstas pagarían el rescate de los cristianos capturados por los granadinos y aquéllos el de los mudéjares apresados por los castellanos.

                 Muchos no se sintieron satisfechos con ello y en 1396 se intentó restaurarla. La monarquía no estaba dispuesta a ver cuestionada su autoridad y a perder una fuente de dinero de su patrimonio, por modesta que fuera. En 1402 se logró que la entonces castellana Villena participara de la hermandad.

               La cruzada amenaza la precaria coexistencia.

                A finales del XIV el hundimiento del imperio benimerín provocó una gran inestabilidad política en el cercano Norte de África, donde la piratería floreció como una alternativa para ganarse la vida y cobrar mayor relevancia política. En 1397 piratas de Bugía atacaron Torreblanca y profanaron unas sagradas formas, lo que ofendió a muchas gentes del reino de Valencia.

                Bajo la protección del entonces asediado papa Benedicto XIII, se organizó una expedición con el carácter de cruzada, a la que se sumaron los mallorquines. En 1398 sus logros fueron modestos y cosechó un fracaso en 1399.

                Paralelamente, los cruzados y sus seguidores también se habían fijado otros objetivos. El 8 de julio de 1397 se amenazó la morería de Valencia y el 19 de abril de 1398 se temió lo peor contra la de Játiva. Los mudéjares eran vistos como una prolongación de los enemigos norteafricanos por no pocos.

                Se advirtió a la justicia de Castellón, Onda, Villarreal, Liria, Alcira, Onteniente, Biar, Alcoy, Cocentaina y Orihuela para que extremaran las precauciones. Alicante no recibió una notificación similar al encomendarse a Orihuela la protección del mudéjar valle del Vinalopó. Es muy probable que nuestro puerto sirviera de punto de embarque de prisioneros y operaciones ilícitas.

               Una villa marinera en riesgo.

                En 1400 se temió el ataque de una flota de veintidós embarcaciones norteafricanas y en 1403 el de otra armada de veinticinco galeras de igual procedencia.

                El alcaide del castillo, el caballero Joan Margarit, no acostumbraba a residir aquí. Se carecía de víveres y armas en la fortaleza, cuyo mal estado amenazaba la villa. El baile Joan de Roncesvalls tuvo que proveerla entre 1401 y 1402 y reparar muros y torres. En su albacar exterior, protegido en teoría por quince guerreros, sobresalía la torre del Cañar, y las de San Jorge y Cervera en el albacar interior. Se asoció a la administración del castillo al prohombre alicantino Bernat Bonivern como vice-alcaide ante el absentismo de Margarit.

                La carencia de recursos también animó a los alicantinos por las rutas de la piratería, que cuando se legalizaba por la monarquía se convertía en corsarismo. El 22 de diciembre de 1399 llegó a Alicante la notificación de Valencia y Barcelona de reunir en Tortosa un parlamento de localidades marítimas para tratar el problema pirata.

                 A veces se pisaron los límites de lo legal. En enero de 1399 los jurados de Valencia denunciaron el apresamiento de dos embajadores de Fez por oficiales de la bailía alicantina como moros de guerra. En enero de 1409 el baile impuso onerosos tributos a las embarcaciones que exportaban higos y pasas.

                Alicante presentaba semejanzas con las amenazadas plazas aragonesas de Cerdeña, tan trabajosamente conquistada con almogávares de nuestras tierras. Precisamente en el parlamento de Tortosa, iniciado en febrero de 1400, se acordó no amparar a los corsarios y conceder al rey un donativo para acabar de someter Cerdeña.

                El ideal de una comunidad cristiana.

                Los alicantinos, a su manera, se interesaron en supervisar la Iglesia local. Administraron algunos fondos eclesiásticos, vigilaron las obras de los templos y llegaron a proponer personas de su confianza a las capellanías. Los feligreses o el cura de cada parroquia escogían uno o dos obreros (confirmados por el obispo) para el arrendamiento del tercio diezmo, el empleo de lo recaudado y cuidar del buen estado del templo. Los jurados de la ciudad ejercieron como auditores de sus acciones. 

                No obstante, Juan I tuvo que recordarles la correcta recaudación del tercio diezmo según los usos de Alfonso X. Aquí también se chocó con los oficiales reales, sobre todo cuando se apropiaban de fondos destinados a objetos de culto.

                El ingreso en una cofradía también reforzó el ideal apuntado. El 10 de abril de 1402 se confirmaron las reglas de la de San Nicolás, que databa de antes de la guerra de los Dos Pedros. El creciente protagonismo de los seglares y las angustias espirituales alentaron las predicaciones de figuras como San Vicente Ferrer, canonizado poco después de su muerte.

                Su presencia en Orihuela en 1411 ayudó a calmar temporalmente las luchas entre bandos bajo la sugestión del Fin de los Días. Algunos autores han querido situar en este año la posible prédica del santo en Alicante. De todas maneras, tanto el topónimo de Sant Vicent del Raspeig como los relatos populares asociados al mismo son muy posteriores, de los siglos XVII y XVIII.

                La hegemonía caballeresca y los bandos.

                Alicante no padeció una guerra de parcialidades como Valencia. Entre los justicias encontramos a Pere Pascual en 1404, y entre sus síndicos y mensajeros a Berenguer Artès (1398 y 1411), Joan Martí (1400), Francesc Pascual (1404), Guillem Salort (1399 y 1408), Joan Salort (1401), Andreu de Seva (1399) o Francesc Vallflor (1399).

                El ideal de regimiento caballeresco gozaba de gran reconocimiento en el Alicante de la época, tan sometido al peligro. En noviembre de 1407 se insistió en que para desempeñar el oficio de almotacén, además del de justicia y de jurado, debía disponerse de caballo.

                La pretensión de un buen pastor.

                Alicante, como el resto de la gobernación de Orihuela, permaneció bajo la jurisdicción eclesiástica del obispado de Cartagena, en la Corona de Castilla. El Cisma de la Iglesia ofreció a los reyes aragoneses una buena oportunidad para deshacerse de aquélla.

                Pedro IV se mantuvo neutral entre Roma y Aviñón. Al decantarse en 1382 por Aviñón el obispo de Cartagena, el rey aragonés envió a la gobernación un inquisidor para incautarse de los bienes episcopales. En 1383 reclamó un obispado propio con sede en Orihuela.

                Juan I se inclinó al final por Aviñón, lo que no evitó que los alicantinos pagaran el doble que los fieles castellanos del obispo de Cartagena por la expedición de los mismos documentos. La consecución en 1402 del vicariato de Orihuela no supuso un gran éxito. El aragonés Benedicto XIII tampoco favoreció grandemente la constitución de un obispado propio.

                Las relaciones con otros municipios del reino.

                Por aquel tiempo, los prohombres de Alicante buscaron la alianza con Valencia, que en 1409 consideró a aquélla una de sus hijas, muy poco conflictiva en comparación con Murviedro, Játiva y Orihuela. A finales del siglo XIV se aceptaron los privilegios ganaderos de Valencia en el término alicantino.

                Peores relaciones se sostuvieron con Orihuela. Alicante se quejó que la recaudación de 1399 sobre los fuegos de la gobernación comenzara por aquí, pese a la condición capitalina de Orihuela.

               El Interregno (1410-12).

                Al fallecer Martín I sin designar heredero, sus reinos pasaron por años difíciles y controvertidos, que se cerraron con la polémica decisión del compromiso de Caspe.

                En 1408 algunos prohombres de Orihuela recusaron como gobernador al absentista Olfo de Próixida y solicitaron uno catalán, en medio de las primeras polémicas entre valencianos y catalanes. Sin embargo, el cuestionado gobernador cerró filas con Orihuela y Alicante durante el Interregno. En 1411 no se quiso admitir la inspección de las fortalezas de la gobernación por el virrey de Valencia Arnau Guillem de Bellera.

                Desde la gobernación se pretendieron nombrar jueces electores propios, que junto al Justicia aragonés y los gobernadores de Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca escogerían al nuevo rey. Tal aspiración careció de éxito.

                La toma de partido del gobernador y de nobles como Pero Maça por el bando de los Centelles, la vecindad del reino de Murcia y la amenaza granadina inclinaron a gran parte de la gobernación por Fernando de Trastámara, el de Antequera, el poderoso regente de Castilla que terminaría siendo monarca de Aragón. Dentro de su real patrimonio se encontraría una Alicante inquieta y luchadora.

                 https://el-reino-de-los-valencianos.webnode.es/news/el-restablecimiento-de-alicante-tras-la-guerra-de-los-dos-pedros/